Las microalgas permiten obtener alimentos nutritivos ricos en proteínas, más sostenibles, desde pasta y pan a barritas energéticas o pienso para animales

 

FUENTE: IRTA

En 2050 la población mundial rozará los 10.000 millones de personas, lo que supondrá un 70% de incremento de la demanda de alimentos, según estima la FAO, y pondrá contra las cuerdas la capacidad de alimentación de la humanidad. Con recursos naturales limitados, como agua dulce o tierra fértil, obtener el nivel de producción de alimentos necesario para proporcionar proteínas a la población dejará de ser sostenible. En este sentido, las microalgas ―que forman parte del fitoplancton― son unas candidatas prometedoras para contribuir a solventar este reto, por su elevado potencial de valor nutricional y su baja huella ecológica.

El Instituto de Investigación y Tecnología Agroalimentarias (IRTA) coordina y lidera un ambicioso proyecto europeo, ProFuture, que persigue desarrollar tecnologías de producción de microalgas, más sostenibles y competitivas, con las que obtener alimentos ricos en proteínas, nutritivos y con un menor uso de nutrientes químicos y energía.

Las microalgas son organismos unicelulares que pueden cultivarse en grandes piscinas abiertas o en biorreactores, y que principalmente requieren luz solar, temperaturas elevadas y nutrientes inorgánicos para crecer, con un consumo de tierra y agua dulce inferior al del cultivo de otras proteínas vegetales. Tienen una capacidad productiva muy elevada y permiten obtener una biomasa rica en proteína y grasas que, transformada en harina vegetal, se puede utilizar para fabricar alimentos como pasta, pan, piensos, sopas o barritas energéticas.

«El problema con las microalgas hoy en día es que, a pesar de que se llevan estudiando desde hace años en Europa sobre todo para la producción de biofuel, su producción sigue siendo limitada y no acaba de estar al 100% industrializada, lo que hace que el precio del producto sea alto», señala Massimo Castellari, investigador del IRTA y coordinador de ProFuture.

Precisamente, solventar ese escollo es el principal objetivo del proyecto, en el que participan 31 partners europeos, entre centros de investigación, empresas y asociaciones. Para ello, han seleccionado cuatro especies de microalgas muy productivas ―dos de agua dulce (Lemon/lightly Chlorella vulgaris y Arthrospira platensis, es decir, espirulina) y dos marinas (Tetraselmis chui y Nannochloropsis oceanica)― y desarrollarán y aplicarán tecnologías y técnicas de cultivo innovadoras para aumentar la producción y reducir costes. La fase inicial se implementará en plantas piloto en Portugal, en colaboración con universidades y centros de investigación, y luego se escalará gracias a nueve pequeñas, medianas y grandes empresas de alimentación de siete países europeos.

Una vez cosechadas estas microalgas, se secan y se obtiene con ellas una especie de harina, que es el ingrediente principal para el mercado. Hasta el momento, uno de los inconvenientes de este ingrediente a la hora de incorporarlo en la fabricación de alimentos es que tiene un gusto muy marcado y aporta una coloración verde a los productos. Un ejemplo es la pasta o el pan enriquecidos con espirulina.

«En el proyecto nos proponemos desarrollar algún ingrediente más purificado, que nos permita mejorar la textura, la apariencia el sabor y también el aroma de los productos elaborados con microalgas, que nos permita ampliar un poco el abanico de aplicaciones», explica Castellari, que especifica que en ProFuture crearán siete tipos de alimentos: pasta, pan, sopas y cremas vegetales, bebidas y barritas energéticas para deportistas, salchichas veganas y pienso para animales.

Elaborar productos con microalgas permitiría una fuente de proteínas de calidad para todos los países, adaptando el sistema de crecimiento del cultivo al entorno. «Se pueden implementar incluso en medio del desierto, en áreas marginales, por lo que no compiten con otros cultivos vegetales por el suelo. Y eso en países como España, en que avanza la desertificación, podría ser muy interesante», apunta este investigador.

El proyecto, que tendrá una duración de cuatro años y está dotado con 7,78 millones de euros, está financiado por el programa de la UE Horizonte 2020, de apoyo a la investigación e innovación.